Hacía un par de días que íbamos caminando haciendo un trekking por Kalaw, una zona montañosa de Myanmar, cuando llegamos a una aldea de una etnia minoritaria. No tendría más de 10 chozas, pero tenía una pequeña escuela infantil donde llegaba, desde el pueblo más cercano, una profesora para dar clases. La mayoría de estas escuelas son fabricadas por ONG’s, puesto que el gobierno de este país no destina demasiado a la educación (cosa que aprendan y se den cuenta de lo oprimidos que están…).
Mucha gente que suele ir de viaje por estos países reparte cantidad de caramelos a los niños, con la alegría que eso conlleva, pero sin darse cuenta que están ayudando a la señorita “caries” a cebarse con los pequeños. Así que siguiendo los sabios consejos de nuestro guía, compramos en un pueblo libretas y lápices que, aunque no tenga ese sabor tan agradable, ayudan bastante a su educación. Repartimos esos “regalos” y me puse manos a la obra con las fotos.
En cuentión de 20 minutos pude comprobar como los niños terminaban olvidando a ese señor con algo raro en la mano y pude sacarles imágenes mientras estudiaban.








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